jueves, 27 de mayo de 2010

“El Reconocimiento Hegeliano como autonomía Indígena”

La emancipación de los movimientos insurgentes indígenas a lo largo de la historia pos colombina, a sido tal, debido a los abusos causados por los sedientos, hambrientos e ignorantes españoles que llegaron a América, con fines prácticamente sádicos, como por ejemplo, robar, matar, violar, usurpar, torturar, con tal de alcanzar un poco de pseudo-fama transitoria y fortuna, consecuencia con la cual pasaron a llevar toda dignidad humana existente.

Debido a estos abusos, los indígenas se vieron obligados a través de las armas a trabajar de manera gratuita, convirtiéndose en esclavos de los occidentales, esclavos de su propia tierra usurpada por estos.

Como todos sabemos, estos crímenes eran justificados tanto por la corona española y por la iglesia católica, ambas instituciones hediondas y putrefactas, llenas de poderío a causa del negocio de la conquista, es decir, avalando los crímenes e injusticias patrocinadas por los burgueses europeos.

Tan bestial e irracional fue el actuar de los españoles, que al tiempo después de haber entrado en contacto con los indígenas, empezaron la matanza, independiente de la hospitalidad dada por estos, ya que los presentaron a los demás, los atendieron entre otros atributos que le dedicaron, y sin embargo, la matanza indiscriminada, empezó de manera paulatina y sin perder tiempo fueron acribillando a los indígenas que encontraban en su camino.

A modo de introducción y brevemente comenté, como fue el proceso de reconocimiento NO hegeliano, es decir, de relación sujeto-sujeto, mas que de señor y servidumbre.

Ahora, sobre el “reconocimiento” Hegeliano.

Dentro de la autoconciencia, se da el fenómeno del “reconocimiento” (Amerkeneren), el cual consta en que el señor se reconoce así mismo como tal. Y el siervo lo reconoce como su señor.

El señor goza, y se rinde autónomo respecto sus necesidades, debido a que solo consume los bienes. Y estos bienes, le son proporcionados por el siervo o esclavo, por medio de su trabajo.

Entonces, se hace autónomo el señor por esta relación del siervo con la tierra, y a la vez el pago del señor por este servicio. De esta manera, el siervo alcanza su propia autonomía, al tratar la tierra y hacerse parte de ella, ya que se da cuenta de que el señor necesariamente necesita del siervo, pero este último no necesita del patrón, por lo tanto puede levantarse ante él, rindiéndose autónomo.

De esta manera, puede ser que Hegel implícitamente quería fundamentar el levantamiento indígena. Ya que con esta tesis del reconocimiento, podría haber creado una emancipación de la misma, podría haber movido masas de personas con deseos de libertad indígena, ya que la burguesía era menor en cantidad respecto de la población indígena (naturalmente, porque estaban en sus tierras), por lo tanto podría haber existido un gran movimiento insurgente, importantísimo para la época.

Debido al abuso existente en aquellos, por parte de los españoles, surge la idea desenfrenada de aquellos indígenas colmados, furiosos, y con ansias de libertad, de hacer renacer la dignidad indígena, lo que desembocaría en sublevaciones de estos.

Cuando los Incas eran explotados en sus propias tierras, trabajaban directamente en ella, los “señores” solo vislumbraban el sufrimiento de los hombres de la tierra, pero lo malentendían, hasta gracioso les parecía el hecho nefasto de hacerlos trabajar sin descanso, con muy poca comida, poco líquido, durmiendo, pseudo-descansando en el mismo lugar que debían trabajar, en periodo de esclavitud, no conocían otro lugar, a excepción de ser trasladado a otra parte, pero con el mismo fin.

Los indígenas eran el combustible del sistema productivo colonial[1], así eran vistos los originarios de Perú, por parte de Darcy Ribeiro, quién hace latente el hecho del abuso, en el siglo XVI.

Cuando los Incas toman conciencia de su importancia dentro de todo este malévolo sistema, se alzan en contra del opresor, un ejemplo claro de esto, es Tupac Amaru, quién (como se dijo anteriormente) cansado de los abusos, realzó su voz, y poder de persuasión (de total verdad por lo demás), y entró en 1781 a la ciudad de Cuzco, poniendo en jaque a cualquier español que se encontraba ahí. Perplejos los recién mencionados titubearon completamente, ya que este Inca al poner sus pies sobre la plaza de Tungasuca, exclamó con alevosía que había condenado a la horca al corregidor real Antonio Juan de Arriaga, y también que había hecho patente la prohibición de la mita en Potosí.[2]

Este hecho es uno de los más importantes a mi parecer, sobre el “reconocimiento” hegeliano, el cual queda en manifiesta realidad, ya que no es una utopía, ni una mera teoría, es latente su existencia.

Independiente al hecho que haya pasado después, me refiero a la traición de uno de los jefes de Tupac, que terminó con toda su familia muerta, cuando me refiero a toda su familia, digo la totalidad de la generación de este, y también incluir su círculo más cercano, hubo un levantamiento de proporciones.

Desde un hombre, un valiente hombre, con ansias de libertad, surge la idea de autonomía respecto de una infame autoridad, autoridad por lo demás impuesta a través de la sangre. Este hombre fue capaz de convocar a millares de indígenas que lo apoyaban en su noble causa, incluso fue llamado “Padre de todos los pobres y de todos los miserables y desvalidos”. Tanto fue su influencia sobre los demás, que se decía “que aquel que muriera en el camino, resucitaría para disfrutar de las felicidades y riquezas que le habían despojado los conquistadores”.[3]

Así, queda manifiesto que, el hecho de la libertad es una idea innata de todo ser humano, idea por la cual se contrapone aquel burdo pensamiento que se sostenía en la época. Me refiero al hecho que los indígenas solo eran bestias, carentes de humanidad, de razonamiento, tratados como animales de carga, y muchas veces más codiciados que las llamas debido a su poderío físico en terrenos difíciles, descabellada idea sostenida por los eclesiásticos de la época, que con su poder de persuasión hicieron pensar a todas las personas pseudo-intelectuales de que estos “animales de carga” eran tal como se menciona.[4]

Pero el Inca está presente, ya lo decía Mariategui en sus “7 ensayos de la realidad peruana”:

“La tierra ha sido siempre la alegría del indio. El indio ha desposado la tierra. Por ende, el indio puede ser indiferente a todo, menos a la posesión de su tierra que sus manos y su aliento labran y fecundan religiosamente.”[5]

Aquí es claro todo tipo de reconocimiento hegeliano para lograr la autonomía de si, respecto SU tierra, ya que a través de generaciones tras generaciones, todos sus antepasados han trabajo en ella. Como no traer a colación las grandes terrazas en Machupichu, por ejemplo, en ella, encuentran su equilibrio espiritual, la forma de honrar a sus antepasados, y en esta instancia sagrada, crear conciencia de que el indígena es capaz, es autónomo, es propietario y es libre por sobre todas las cosas de tener el contacto directo, sano, propicio y hermoso respecto de su cuna, con la cual luchó, se reveló y de alguna forma ganó su propia libertad, y así poder rendirse autónomo respecto del opresor, muestra que fue más razonable que él, pensó, creó, a partir de cero en relación a la tecnología existente de los españoles, estrategias paramilitares para defender lo suyo.

Avalo el hecho de violencia por parte del siervo al señor, avalo el hecho de la insurgencia indígena, ya que por medio de la razón, se puede atravesar balas, pueden sentirse libres, saber que la autoridad no es necesaria, sentir que el espíritu cooperativista existió (por miles de años), y que alguien a la cabeza solo entorpece las cosas. Y como dijo Víctor Jara, “La Tierra es de nosotros, y no del que tenga más”.

Esta contienda lamentablemente sigue viva, ahora las armaduras son cambiadas por ternos, las balas por papel billete, las caballerías por empresas transnacionales, por dar algunos ejemplos de los pseudo-cambios. Es cosa de apelar a la autoconciencia existente acá en Chile, específicamente en la Araucanía, donde el Mapuche debe lidiar día a día contra balas porque su tierra es su casa, y que han sido usurpadas por apellidos europeos, quienes exigen contingente policial para el “despojo” de sus tierras, las cuales han pertenecido al hombre de la tierra durante bastantes años, en comparación de las firmas fraudulentas hechas en el siglo XIX, a través del alcohol, del engaño, que hacen propietarios a los sinvergüenzas, insolentes usurpadores, que hoy en día andan de cuello y corbata.

La lucha sigue viva, la toma de terrenos donde por años han trabajado los indígenas son muestras de que esta estrecha relación tierra-hombre, permite el sentimiento oportuno de propiedad. ¿Te gustaría que llegara a tu casa un hombre de pelo rubio, te haga trabajar en tu propia casa, se coma tu alimento, y se ría en tu cara?... yo creo que no, así, a través de este burdo ejemplo es el sentimiento de rechazo que tiene el indígena despojado, creo que en el momento hipotético de estar trabajando en tu casa en tu terreno, sientas el deseo de defender lo tuyo, eso es reconocimiento hegeliano.

La autoconciencia, que crea el espíritu de “reconocimiento” indígena respecto sus tierras, está vivo, y mientras haya abuso con las raíces, la insurgencia combatirá la injusticia.



[1] Eduardo Galeano, “Las Venas Abiertas de América Latina”, I, Siglo veintiuno editores, 2007, p.65s.

[2] Cf. Eduardo Galeano, “Las Venas Abiertas de América Latina”, I, Siglo veintiuno editores, 2007, p.65s.

[3] Eduardo Galeano, “Las Venas Abiertas de América Latina”, I, Siglo veintiuno editores, 2007, p.66s.

[4] *Recién en el año 1957, el Papa Paulo III conjuntamente con la Corte Suprema de Justicia del Paraguay, dan a conocer la igualdad entre un ciudadano de la República de Paraguay y un indígena.

[5] José Carlos Mariátegui, “7 Ensayos de interpretación de la realidad nacional”, Ediciones Cultura Peruana, 2004, p.40s.

El sur


[Cuento. Texto completo]

Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

lunes, 24 de mayo de 2010

Reflexióन देल केंटो "एल सुर" दे जोर्गे लुईस बोर्गुएस

“SER LATINOAMERICA ES UN ACTO DE VOLUNTAD”


Es un acto de voluntad en el sentido de que el latinoamericano necesita seguir las tendencias occidentalistas, en el hecho de querer siempre aspirar a ser prácticamente lo más ario posible, tiende a olvidarse de su pasado, es decir, en mi ejemplo, no provengo de raíces indígenas, asumo mi estado de hibrides, es más, mis antepasados provienen de Francia (mi segundo apellido es Chailán), pero no por eso puedo creerme el cuento de decirme “soy un francés”, no. Erróneo sería ese pensamiento, primero que todo porque soy chileno (legalmente), pero no quiere decir que este país me represente, entonces no puedo creerme un occidental, soy un Latinoamericano de tomo y lomo, asumo mi personalidad de lucha, porque somos y estamos destinados a luchar por lo nuestro ya que aquellos occidentales día a día nos siguen usurpando desde tierra hasta incluso el pensamiento de nuestra gente.
Respecto del cuento, el protagonista, el señor Juan Dahlmann, tiene una confusión tremenda en relación a aquella ambigüedad de la que mencioné un poco más arriba, el hecho de tener un pié en el lado pseudo germánico y de ser un argentino, como dice él, prefiere apegarse al hecho de tener como referente aquel gaucho que […] Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur. […]
Queda en evidencia la clara confusión que mencionábamos, ahora, porque se apela al término “voluntad”, es porque tenemos la capacidad de discernir en que parte del juego estamos, ser un latinoamericano es un orgullo, representar nuestra tradición, nuestras raíces, nuestro territorio oprimido durante siglos, una defensa constante de lo nuestro que se ve amenazada cada vez más por las multinacionales (claro ejemplo de occidentalismo).
Voluntad es la operación ética de discernir sobre un tema que compete nuestro interés conforme a nuestra felicidad, por lo tanto se reafirma la tesis de que nuestro espíritu hibrido es de lucha constante, estamos destinados a velar y cuidar nuestra democracia usurpada muchas veces por los peces gordos, a costa de genocidios, entre tantos otros adjetivos descalificativos como es conocida nuestra tierra.
Ahora, reflexiono respecto el título del cuento, y llego a la conclusión de que Borgues aspira al hecho de alejarse cada vez más del norte, en metáfora e ironía sobre el occidentalismo, los Yanquis, para ser más explícitos, y en contraposición busca el Sur, nuestra identidad, tener presente de que si estamos, de que tenemos convicción de independencia, de que podemos hacerlo.
Está en cada uno de nosotros decidir cual es nuestra perspectiva, en el hecho de preferir ser un occidental, o bien, un “Sudaca” como despectivamente nos llaman los del norte.
Hoy en día, estamos plagados de influencias occidentales, comida rápida, televisión chatarra, entre otros atentados culturales de convertirnos en meras marionetas de los “malos”.
Juan Dahlmann, en el final del cuento, asume la posición sudaca, y nos da a entender que no hay nada más precioso que acudir a esa muerte onírica, impensada, impulsivamente deseada, y tan codiciada por todos, pero muy osada para hacerla realidad, el dejarse llevar por los instintos. Una analogía de este concepto es el hecho de que si en mi casa, estuvieran robando, y descubro este acto en pleno, uno instintivamente hace frente a la situación, en sentido de no importar lo que pase, solo va, porque es lo más íntimo que tiene uno, entonces, dada la situación de Dahlmann, me refiero a esa asquerosa angustia del determinismo si lo podemos llamar de alguna manera, la rutina, el no saber porque pasa esto, sino que solo pasa. El protagonista cree que es la mejor manera de destruir los cánones implementados por el sistema, ir y solo ir porque esos instintos de lucha fervientes salen del corazón más que de la razón. Es una instancia preciosa, casi de rebeldía respecto el sistema asqueroso que llevamos, apelar a la vieja escuela, en donde la costumbre manda, no dejarte llevar y quedar como un inconsecuente, una clara demostración de rescate de las raíces, un signo sudaca, no hay nada más precioso en revelarse en contra de los paradigmas reinantes hoy en día, una hermosa muerte, con un precioso proceso.
Nos muestra el Folclore, pero debemos tener en claro que Borgues a mi opinión es un narcisista por excelencia, ya que su vida converge en sus cuentos, pero no cabe duda que son un gran aporte para la filosofía latinoamericana, incluso muchos intelectuales de Francia mayormente leyeron sus obras, por eso mismo, da pié a que demostremos quienes somos los latinoamericanos, independiente la opinión de los “ellos”, somos de tal manera, seguiremos siendo así y en el afán de una independencia voraz alzaremos nuestra voz para reclamar lo injusto.
Como reflexión final, a mi parecer el cuento es delicioso latinoamericanamente hablando, ya que muestra fehacientemente la interrogante del SER latinoamericano, la disyuntiva que se plantea sobre el versus de los polos occidentales y latinoamericano en si, pero siempre rescatando y privilegiando la raza, aquella mal vista por el opresor desde su llegada, y de hecho, que hasta el día de hoy seguimos siendo discriminados por simplemente pertenecer a una parte del globo que muestra tantos defectos, y que son argumento permanente en contra nuestra, pero lo que no entienden es que a pesar de los genocidios, abusos e injusticias, seguimos de pié, seguimos luchando y pelearemos por lo nuestro, aquellos que nos pertenece en si, la tierra, la costumbre, la historia prehispánica, aquel estado cooperativista en donde todo funcionaba en pos de todos, como dicen los zapatistas “Para Todos la Luz, Para Todos Todo”, no como ahora que incluso nuestros gobernantes son emisarios de los occidentales europeos – yankis. Y que tengan en claro, que no estamos en venta, que no nos detendremos en reclamar, y como dice Victor Jara, “La Tierra es de Nosotros, y No del que Tenga más”.

Jorge Neira